Los restos del naufragio

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El vuelto Nº 7

La luz del sol tímida en el cielo, la pelota blanca de la luna ya en poniente.

Pensar que viajamos dentro de una máquina que pesa toneladas, que se eleva y vuela. Aunque estadísticamente hay más posibilidades de sufrir un accidente de coche que uno de avión, la latencia de la muerte, la fragilidad evidente a diez mil pies de altura, no deja de conmoverme y recordarme una obviedad: este viaje, este vino, este libro puede ser el último. Cruzar el cielo es un milagro. En cada vuelo que tomo, la secuencia de los momentos previos al despegue adquiere la trascendencia de una liturgia. El avión que entra a la pista y se detiene, quieto antes de acelerar, último contacto con la tierra, el sonido de las turbinas que se eleva como un rugido, la fuerza G que aprieta el pecho y pega la espalda al asiento con el acelerón. El corazón hinchado, los ojos acuosos.

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